Un gran cachalote que vivió hace 12 millones de años y tenía enormes dientes ha sido encontrado en Perú y ha recibido el evocador nombre de Leviathan Melvillei, por el autor de Moby Dick. El monstruo marino, que podría medir hasta 18 metros de largo, seguramente se alimentaba de otras ballenas menores, las barbadas, y una reproducción suya se mostrará en el Museo de Historia Natural de Rotterdam este mismo año.

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Este sorprendente pueblo mexicano del estado de San Luis Potosí, enclavado en la Sierra de Catorce, al que se llega después de atravesar el interior de la galería de una mina, es una de las joyas de los viajeros independientes de todo el mundo.

Fundado en el año de 1779 con el descubrimiento de unas ricas minas de plata que provocaron su invasión por multitud de mineros y aventureros en busca de suerte, fue centro de una verdadera fiebre de la plata en medio de condiciones totalmente desfavorables: el lugar era inaccesible, no había agua, los abastecimientos eran difíciles, y sobre todo, no contaba con ninguna autoridad que se ocupara de hacer respetar la ley. La anarquía era total y, como siempre, el fuerte se aprovechaba del débil.

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Real de Catorce se convirtió en una importante ciudad minera, pero poco a poco cayó en la pobreza, y sus calles empedradas y sus edificios coloniales cayeron poco menos que en ruinas, hasta que artistas e intelectuales mexicanos empezaron a comprar casas.

En el 2000, Brad Pitt y Julia Roberts pasaron unas semanas en el pueblo durante el rodaje de la película El mexicano, y la fama de Real de Catorce se disparó. Empezaron a llegar visitantes, por lo general viajeros independientes, artistas, y bohemios de todo el mundo, y su nombre empezó a ser habitual en los foros y guías para mochileros, que venían atraídos sobre todo por el mito del peyote y la tribu huichol.

Los indígenas huicholes viven muy lejos de Real de Catorce, pero tienen en los desiertos que rodean la ciudad su territorio sagrado, y peregrinan a él todos los años entre mayo y junio para hacer sus ceremonias y comer peyote, ingredientes suficientes para atraer la curiosidad de cientos de jóvenes de todo el mundo.


Jericoacoara, nombre de un antiguo poblado de pescadores perdido entre gigantescas dunas de arena blanca en Brasil, no es un nombre fácil de aprender, y tampoco un destino fácil de olvidar una vez que lo has visitado.

Jeri, como lo llaman sus habitantes, es en el Estado brasileño de Ceará, y en el parque nacional del mismo nombre, donde todo el mundo parece tener 20 años y estar pirado por el viento.

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Llegar a Jericoacoara no es facil, no hay carreteras de acceso, y la única forma de hacerlo es en buggy o en todoterreno saltando por encima de las dunas. Tampoco hay pavimento o aceras. Las calles, las tiendas, los restaurantes, o los hoteles tienen el suelo de arena. Sin embargo, lo que le ha hecho famoso, además de la belleza exultante del entorno, es la fuerza y la regularidad del viento, que atrae a aficionados al surf, al kitesurf y al windsurf de todo el mundo.

Con la llegada de los mochileros a principios de los ochenta, entonces no había más electricidad que la de las baterías de los camiones, y las fiestas se acababan cuando se acababa la batería, los aficionados a la vela lo descubrieron y hubo una invasión.

Hoy ya no quedan pescadores, todo el mundo disfruta del viento y la playa durante el día, y de las fiestas con caipirinha en la arena por la noche.


Cahuita es una atípica población de Costa Rica que, en un primer paseo por sus calles de tierra, te puede hacer creer que estás en Jamaica en lugar de en este país centroamericano. Aquí se habla inglés, la mayoría de la población es negra, y se respira más ambiente rastafari que tico, apelativo que se aplican a sí mismos los costarricenses.

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Los descendientes de los esclavos negros jamaicanos traídos para trabajar en las plantaciones de banano se quedaron aquí, en la costa sur del país, y formaron una de las comunidades más compactas y diferenciadas, que pese al tiempo transcurrido no ha perdido sus raíces en costumbres, gastronomía, o cultura.

El poblado, formado por casitas bajas de madera diseminadas en cuadrículas de calles sin asfaltar, ha experimentado un gran cambio en la última década, en la que el turismo ha pasado a ser la principal fuente de ingresos. Un turismo joven y alternativo que llega buscando reggae, sol, playa, música, fiesta y algo que fumar, y que es aceptado de buen grado por los afrocaribeños del lugar.

Son estas costumbres tradicionales las que no han permitido a las grandes empresas que se construyan edificios altos, ni cadenas hoteleras, ni atracciones turísticas masivas que impacten contra el entorno natural. Que siga así.


Aguas Calientes es el pueblo que da acceso a las ruinas de Machu Picchu, a las que sólo se puede llegar en tren o a pie por el Camino del Inca. Es el punto de partida para todos los viajeros que se aventuran hacia estas conocidas ruinas .

Un pueblo que funciona en torno a una vieja estación de tren, en un escenario propio de una ciudad de frontera, que en apenas un par de décadas ha pasado de ser un olvidado poblado maderero a convertirse en una ciudad de servicios en cuyas calles embarradas asoman cientos de albergues, pensiones, y locales baratos de todo tipo, y con un urbanismo tan caótico que uno nunca sabe si todo está a medio construir o a medio derruir.

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Unas calles por las que a todas horas van y vienen jóvenes mochileros, que llegan y se van a pie por el Camino del Inca, que suben o bajan a las ruinas, o que preparan desde aquí rutas senderistas a la cordillera.

El promedio de hostales y restaurantes por metro cuadrado en Aguas Calientes supera el de cualquier otro destino turístico de Perú, y se calcula que unas mil personas, de todas las edades y condiciones, llegan a diario a bordo del tren para visitar las ruinas.

Un destino imprescindible para el viajero independiente, el mochilero que siempre busca a sus iguales en cualquier parte del mundo.


Me ha encantado leer esta noticia en Diario del viajero, WiFi gratis en los autobuses de Montevideo. Me ha hecho reflexionar no sólo sobre los autobuses en mi ciudad, Sevilla, sino sobre el WiFi gratis en diferentes puntos de la ciudad, …, aquí vamos bastante atrasados con esto, y creo personalmente que esta ciudad es bien merecedora de este tipo de servicios dado su carácter turístico internacional.

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Según relatan, Montevideo se pone así a la vanguardia de Latinoamérica con este tipo de inciativas, que me parecen del todo positivas, y trata con esto de marcar un precedente en la era de Internet.

En Sevilla por ejemplo, no solo no está este servicio disponible, sino que no existen de forma notable puntos WiFi gratuitos que permitan el acceso a los turistas que se encuentran de paso en la ciudad, al ciudadano de a pie que quiere pasar el día fuera al sol en un parque, o los trabajadores autónomos o comerciales, que pasan gran parte del día en la calle, viéndose todos obligados a acceder a los conocidos cibercafes para poder desarrollar cada uno su actividad cómodamente.

Esta claro que es un ejemplo a seguir, esperemos que tomen nota los Ayuntamientos españoles.


Es más de la mitad del país lo que ocupa la cuenca del Amazonas en Perú, y una de las zonas menos accesible de toda la selva. Los pocos accesos por carreteras y caminos que penetran la convierten en un área de difícil acceso,  aunque en la actualidad hay algunos aeropuertos pequeños a algunos de los asentamientos establecidos allí, que se crearon como puertos fluviales, para comunicarlas con otras ciudades aguas abajo.

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Son dos las zonas más accesibles para el viajero: Puerto Maldonado, una ciudad portuaria situada en la confluencia de los ríos Tambopata y Madre de Dios, y que es accesible en vehículo en un trayecto muy interesante desde Cusco, desde donde también se puede volar, y que permite visitar el Parque Nacional de Manú, una de las principales áreas protegidas de la selva amazónica, y Iquitos, el mayor puerto de la selva peruana, accesible en barco bajando el río en un trayecto precioso que te hará vivir los lados más salvajes de la selva, y en avión.

Hacer algún trayecto en avión es interesante para contemplar la selva desde el cielo, aunque también verás imagenes que te decepcionarán de la deforestación que sufre, y que te hacen reflexionar mucho sobre este problema, todo lo relacionado con el medio ambiente, y las consecuencias del cambio climático.

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Tuve la oportunidad de recorrer buena parte de la selva en 2003, y participar en proyecto de impacto ambiental, y tengo que decir que es una experiencia que no olvidaré nunca.